Es mejor aclararlo de entrada; soy una de los miles de argentinos que celebra la decisión del gobierno de expropiar el 51 por ciento del paquete accionario de YPF.
No es que esa postura le interese especialmente a nadie, pero es preciso revelarlo para que no haya confusiones cuando se analice cualquiera de las palabras que por estas horas cruzan el Atlántico de ida y vuelta, cargadas de veneno, provocadoras y con intención de herir.
El clima se caldeó de tal modo que el simple ejercicio de navegar por los diarios peninsulares se ha transformado en una aventura de consecuencias imprevisibles, donde detrás de cada artículo salta la amenaza y donde la opinión más liviana es que “Argentina es un gran país que lamentablemente está lleno de argentinos”.
Semejante afirmación no es novedosa y muy seguido suelen difundirla connacionales que por motivos diversos, de orden ideológico, político o histórico, encuentran una especie de falla de origen en el ser nacional, capaz de malograr las riquezas que la naturaleza ha derramado generosamente en nuestro suelo.
Es duro, de todos modos, escuchar y leer cataratas de críticas, una tras otra, sin pausa y sin tregua, en los sitios de información política pero también en las páginas de deporte y en las de espectáculos.
De repente ha ocurrido algo que nos convierte, al menos en el discurso, en rivales enconados e irrenconciliables.
Tan al borde del enfrentamiento nos ha colocado el impacto que provocó el anuncio de expropiación, que de este lado del mundo uno cree advertir hasta un dejo de hartazgo en las salidas del Chema Forte, un modelo de equilibrio y ponderación, tan español como Las Cibeles y cordobés como La Cañada.
El calibre de las amenazas sube en la misma proporción en la que se desplomaron las acciones en los días previos al discurso de Cristina Fernández, la “roba compañías” de acuerdo al mote que le endilgó el más enojado panelista de una de las tantas mesas redondas en la que empresarios españoles acusan de ladrón al gobierno argentino, funcionarios avisan que recurrirán a los foros internacionales para pedir sanciones y unos y otros coinciden en que no tenemos remedio.
Sólo el humor nos salva de esta encerrona en la que nos han metido la determinación de un gobierno y la decepción de otro.
Las redes sociales que a veces se utilizan para enfrentar los intentos de censura y otras son apenas el vehículo de una casta tecnológica ociosa y desganada, han servido en esta ocasión para quitarle al asunto el componente de ira y orgullo herido.
El tema ha tenido en Facebook y Twitter la misma presencia que en la tele, la radio y los diarios, pero por el costado de la risa.
A minutos del anuncio presidencial, ya circulaba una (falsa) placa roja de Crónica con el clásico texto “Reiteramos… Empiezan las represalias españolas: llega Julio Iglesias” mejorada poco más tarde por otro ocurrente que le atribuía al cantor de “La carretera” la grabación del segundo volumen de tangos.
Simultáneamente se difundía el montaje que mostraba a Mariano Rajoy, apuntando a la cabeza de Lionel Messi con un pedido de rescate dirigido a Cristina, armado con recortes de diarios.
También en Twitter un usuario se ponía creativo y aseguraba que “Lo de YPF primero me pareció súper, después normal y ahora un plomo” sin otra intención que jugar un rato con las palabras en lugar de enredarse en el intercambio de amenazas.
Del otro lado se reían de la verborrágica fama que nos atribuyen, sugiriendo novedosas formas de represalias, como la elección de un reparto argentino para la segunda parte de "El artista".Y como allá también se las tienen que ver con muchos opositores, uno de ellos --al que replicaron cientos--apostrofó "Cada gobierno hace lo que cree mejor para su país: Kirchner para Argentina y Rajoy ... para Alemania".
No importa el esfuerzo que demande la expropiación, ni los millones de dólares en juego ni siquiera la redefinición del concepto de soberanía, dentro de unos días la realidad desplazará la expropiación de YPF de las portadas, se aquietarán las aguas y la vida seguirá su curso.
Hasta entonces continuará este clima raro, de enfrentamiento verbal, de sospechas mutuas, de advertencias. Es, por lo menos extraño, esto de cargarnos de resentimiento cuando vivimos esperando la visita de cantantes españoles que admiramos más que a los nacionales, nuestras películas tienen tanto éxito de taquilla en Madrid como en Buenos Aires y cada domingo nos dividimos acá para respaldar a equipos de fútbol de allá.
Y todo eso sin considerar que hay pocas familias argentinas que no tienen raíces en suelo español. Si como dicen, al final la sangre es más espesa que el agua, debería serlo infinitamente más que el petróleo.